¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por la Transición Ecológica?
Frente al Cambio Climático y sus consecuencias, es necesaria la concienciación social de todas las personas del impacto de nuestros actos, reconociendo como afectan y afectarán a las generaciones futuras; y de la necesidad de establecer un modelo ético persistente y continuista en el tiempo, es decir, que no cambie dependiendo del signo político del gobierno de turno que legisle en cada momento.
A lo largo de su historia, la humanidad siempre se ha enfrentado a múltiples retos originados por las consecuencias y los impactos de catástrofes naturales, epidemias, cambios sociales y conflictos políticos; fenómenos que, en general, han afectado fuertemente a la población. Frente al futuro incierto que introduce la propia transición ecológica, el conocimiento y el desarrollo de la ciencia son dos de las herramientas clave para una adaptación acorde a los nuevos contextos sociales y/o naturales. Sin embargo, el desarrollo ético ha jugado un papel fundamental para evitar grandes impactos en la civilización, que no puede dejarse de lado.
En este caso, el gran reto a largo plazo es el modificar nuestra actitud frente al Cambio Climático y sus consecuencias, que necesita de grandes dosis de perseverancia, lo que, en base a la experiencia reciente, puede verse como un conjunto de objetivos de muy difícil consecución.
Con todo, el planeta y el medioambiente van a experimentar la transición ecológica de nuestras sociedades y de la economía, pero ¿y qué ocurre con las personas? y, en particular, ¿Qué ocurre con las personas trabajadoras? A nivel de la Unión Europea y de los países que la componen, el principal reto social es como hacer frente a la reestructuración de los puestos de trabajo, porque, el paso de un modelo lineal basado en usar y tirar, a una economía sostenible provocará una reducción muy importante de la producción de bienes de consumo que en la actualidad son prácticamente no reciclables, lo que conllevará la modificación e incluso la posible desaparición de muchos de los puestos de trabajo actuales, afectando a las personas que los producían.
Por tanto, la prioridad de los gobiernos y de las empresas deberá ser el centrarse en ajustar la producción de la nueva industria –más sostenible– para evitar el posible impacto del desempleo que puede afectar a gran parte de la población, en especial aquellos que carezcan de estudios superiores, algo que dificultará su reinserción profesional. La necesidad de atender a la nueva demanda va a suponer un obligado coste previo en formación para permitir la adaptación de las personas trabajadoras al nuevo entorno laboral.
Todo apunta a que el consumo de energía eléctrica va a multiplicarse con la creciente implantación de los vehículos eléctricos y la proliferación imparable de los productos digitales; junto con la implantación del modelo de economía circular que exige que los productos de proximidad se ofrezcan prioritariamente en los mercados de su área para reducir la huella de Carbono que implica su transporte. Es probable, por tanto, que acabe siendo necesaria una inversión en agricultura sostenible, y que la inversión se focalice en el fortalecimiento del tejido industrial local.
Finalmente, es necesario contar con un factor que no debería quedar descolgado en la transición ecológica de nuestra sociedad, la migración. Son muchos los estudios que apuntan a que según vaya afectando el Cambio Climático a las distintas áreas del planeta, sobre toro a las más empobrecidas, las corrientes migratorias serán más constantes y copiosas hacia aquellos países que mantengan una economía más saneada. Parece evidente que, si la única posibilidad para que las siguientes generaciones hereden un planeta suficientemente fuerte, capaz de dar cobijo a la vida humana, se debe apostar por la justicia social, el desarrollo intelectual y el conocimiento universal.
Referencias:
